En la mañana del 24 de abril de 2013, el Rana Plaza, un edificio a las afueras de la capital de Bangladesh que albergaba, entre otros, varios talleres textiles, se había levantado con grietas en sus muros. Como cada mañana, miles de empleados habían llegado para ocupar sus puestos de trabajo pero, al ver las grandes brechas de las paredes, muchos se negaron a entrar.